¿Cómo se puede sobrevivir a un mundo que no siempre es feliz?

En un contraste entre la realidad y mi fantasía de artista, hago pastillas para tratar de entender el mundo. Como una promesa de bienestar, siempre con la ilusión a flor de piel, fabrico una tras otra, pensando que la inocencia de colores, símbolos y tramas “felices”, tal vez tenga la respuesta.

A veces las pastillas se juntan, se mezclan, se tensionan como un intento de reconstruir patrones sociales, comprender cómo nos identificamos, sanamos o lastimamos mutuamente. ¿Qué consumimos para anestesiar el dolor de existir? El placer y la sanación se confunden por momentos. El efecto placebo se vuelve real cuando me entrego al juego de la ironía y las colecciono.

No soy un gurú, doctor o dealer, aunque juegue con eso, soy un artista. Simplemente intento que mi fantasía invada la realidad, llevando la búsqueda del placer como un tratamiento crónico en una vida que se “gana” con sacrificio. 

Me obsesiona alcanzar el éxtasis de la satisfacción, pero ¿qué pasa cuando el silencio, los prejuicios y la frustración de lo cotidiano manchan ese lienzo puro? Llega la abstinencia, el efecto secundario de la realidad. A veces pienso que inventé este universo de estímulos gráficos idealizados para escaparme allí cuando todo se vuelve serio. 

A veces pienso que es solo una síntesis de la historia de mi vida, y que hacer pastillas con mis propias manos, ha evitado todo este tiempo tener que consumir las inventadas por otros.

¿Cómo se puede sobrevivir a un mundo que no siempre es feliz?

En un contraste entre la realidad y mi fantasía de artista, hago pastillas para tratar de entender el mundo. Como una promesa de bienestar, siempre con la ilusión a flor de piel, fabrico una tras otra, pensando que la inocencia de colores, símbolos y tramas “felices”, tal vez tenga la respuesta.

 

A veces las pastillas se juntan, se mezclan, se tensionan como un intento de reconstruir patrones sociales, comprender cómo nos identificamos, sanamos o lastimamos mutuamente. ¿Qué consumimos para anestesiar el dolor de existir? El placer y la sanación se confunden por momentos. El efecto placebo se vuelve real cuando me entrego al juego de la ironía y las colecciono.

 

No soy un gurú, doctor o dealer, aunque juegue con eso, soy un artista. Simplemente intento que mi fantasía invada la realidad, llevando la búsqueda del placer como un tratamiento crónico en una vida que se “gana” con sacrificio. 

 

Me obsesiona alcanzar el éxtasis de la satisfacción, pero ¿qué pasa cuando el silencio, los prejuicios y la frustración de lo cotidiano manchan ese lienzo puro? Llega la abstinencia, el efecto secundario de la realidad. A veces pienso que inventé este universo de estímulos gráficos idealizados para escaparme allí cuando todo se vuelve serio. 

 

A veces pienso que es solo una síntesis de la historia de mi vida, y que hacer pastillas con mis propias manos, ha evitado todo este tiempo tener que consumir las inventadas por otros.